Hay un tipo de silencio que solo existe a dos mil metros de altura.
No es la ausencia de sonido. El viento existe, los pájaros existen, el crujido de las botas sobre la piedra existe. Pero hay algo más —una cualidad del aire, una densidad de lo real— que hace que todo eso no interrumpa nada.
Es presencia total.
Lo que dejé abajo
Subí con la cabeza llena. Tres semanas de trabajo sin parar, decisiones pendientes, conversaciones sin resolver. El tipo de ruido interno que uno aprende a ignorar hasta que ya no puede.
Los primeros cuarenta minutos de caminata son siempre los más difíciles. El cuerpo todavía está en la ciudad. Los pies caminan pero la mente sigue en la computadora, en el teléfono, en la lista de pendientes.
Después, sin que uno lo decida, algo cambia.
El punto de quiebre
No sé exactamente en qué momento ocurrió. Fue gradual, como cuando los ojos se adaptan a la oscuridad.
De repente estaba ahí, completamente ahí. Sin pasado ni futuro, solo la roca bajo los pies y el horizonte adelante. Respirando.
Eso fue todo. Y fue suficiente.
Lo que la montaña enseña
La montaña no te da respuestas. Eso es lo primero que hay que entender. No vas a bajar con claridad absoluta sobre tu vida. Pero sí bajás con algo diferente: la capacidad de estar quieto con las preguntas.
Hay una diferencia enorme entre tener preguntas y ser las preguntas. La montaña enseña eso.
También enseña que el cuerpo sabe cosas que la mente no. Que el cansancio honesto —el que viene de haber caminado, no de haber pensado demasiado— es uno de los mejores regalos que nos podemos dar.
El regreso
Bajé más lento de lo que subí. No por el cansancio, sino porque no quería apurar el regreso.
En el auto, antes de encender el teléfono, me quedé un momento más. Un intento de alargar ese estado unos minutos más.
No duró. Nunca dura. Pero eso no importa.
Lo que importa es que sé que existe. Y que puedo volver.
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