La pregunta más frecuente que recibimos antes de cada salida es alguna variante de: "¿Estoy preparado para esto?"
La respuesta honesta es: depende de qué entiendas por preparado.
No hace falta ser atleta de élite. No hace falta haber hecho trekkings antes. Hace falta honestidad sobre dónde estás físicamente, voluntad de moverte desde ahí, y la disposición para escuchar a tu cuerpo en el camino.
Semanas antes: construir la base
La montaña no se improvisa. No en el sentido de que requiera un entrenamiento sofisticado, sino en el sentido de que el cuerpo necesita tiempo para adaptarse al movimiento.
Lo más simple y efectivo: caminá. Todos los días si podés. Con mochila los fines de semana. Buscar terreno irregular —un parque con desnivel, una cuesta, algo que no sea asfalto liso.
Tres semanas de caminatas progresivas hacen más que seis meses de pensarlo.
La mochila: menos es más
El error más común en la primera travesía es llevar demasiado. La lógica es comprensible —querés estar preparado para todo— pero el resultado es una mochila de 18 kilos que te arruina la experiencia.
Lo que no puede faltar:
- Agua (más de lo que creés necesitar)
- Comida de alta energía: frutos secos, barras, frutas deshidratadas
- Abrigo extra aunque salgas con calor
- Lluvia: poncho o campera impermeable siempre
- Botiquín básico: vendas, cinta adhesiva, analgésicos, antiséptico
- Linterna frontal con pilas nuevas
- Protector solar y gorro
Lo que podés dejar en casa:
- El libro que "quizás leas"
- La ropa de repuesto que "por las dudas"
- El trípode para fotos
El día antes: logística y descanso
Preparar la mochila la noche anterior, no la mañana del día. Dormir bien. Comer algo consistente antes de salir.
Hidratarse desde el día previo. No el día de la travesía: el día anterior.
Revisar el pronóstico del tiempo. No para decidir si vas o no (la lluvia liviana no cancela nada), sino para saber qué ponerte.
En el camino: el arte del ritmo
El error más frecuente es arrancar rápido. La montaña siempre gana ese juego.
Arrancá más lento de lo que creés necesario. El primer kilómetro define cómo llegás al final. Si salís a tope en la primera subida, el resto de la jornada va a ser una negociación con el cansancio.
Tomá agua antes de tener sed. Comé antes de tener hambre. El cuerpo en movimiento tarda en registrar sus propias señales.
Y hablá si algo no está bien. La guía está para eso. No hay ningún mérito en silenciar el dolor.
Lo que nadie te dice
La primera travesía siempre sorprende. No importa cuánto te hayas preparado mentalmente —la realidad del terreno, del cansancio, de la belleza— siempre es diferente a lo que imaginaste.
Eso está bien. Es parte de la experiencia.
Lo que sí podés llevarte garantizado es esto: vas a terminar la jornada sintiéndote diferente de como empezaste. Más liviano, más presente, más vos.
Vale cada paso.
¿Tenés preguntas sobre alguna de nuestras experiencias? Escribinos con gusto te respondemos.